La cola del paro

La cola del paro. No podía hacerse a la idea,… con la cabeza gacha, las solapas del abrigo levantadas, como temiendo ser reconocido. La verdad es que sentía vergüenza,… Cuántas veces miró con desprecio a la gente que hacía cola delante de las oficinas del INEM. Y ni una de ellas se le ocurrió que él pudiera un día formar parte de ella. La fila parecía no avanzar y él se sentía fuera de lugar, incómodo,… Y, por si fuera poco, delante tenía una mujer, si es que semejante espantajo podía ser llamado mujer: ropa desaliñada, pelo corto tapado por un estridente gorrito de colores,… Nada que ver con su mujer, mejor dicho ex-mujer, ya que le había dejado, normal, no iba a seguir con un don nadie como él. Alguien que no tenía donde caerse muerto. Sin trabajo, el coche embargado, a punto de ser desahuciado de su lujoso piso,…

La molesta mujer no avanzaba al ritmo de la cola, porque parecía estar escribiendo algo en un cuaderno y  no paraba de tararear al ritmo de la música que escuchaba en los cascos, incluso bailoteaba con la cabeza y hombros a ratos.. Una loca, un incordio que no parecía darse cuenta de donde estaba, en resumen.

Su alegría le molestaba, … y se preguntó refunfuñando entre dientes que la haría pensar que tenía razones para ser feliz ¡Pobre tonta! Al menos él era consciente de la realidad, la triste realidad de ser un pobre desempleado más. Aunque él no era como ella, no era como el resto de individuos que formaban la patética fila. ¡No! Era una mala racha, solo eso. Volvería a donde estuvo, incluso a puestos más altos.

La cola avanzó pero la pesada de delante no pareció darse cuenta, ensimismada en su cuaderno. Harto ya, le dió un golpecito en el hombro para llamar su atención. Ella se sobresaltó y dejó caer el cuaderno, esparciéndose varias hojas sueltas por el suelo.

Ambos se agacharon a recogerlas. No eran escritos como había pensado, eran dibujos de escaleras, retorcidas, sin fin,… que parecían llevar a todos lados y a ninguno a la vez.

 

-Gracias. Me llamo Aurora- se presentó la mujer tendiendole la mano- lamento haberte molestado, soy un desastre- dijo con una sonrisa inexplicablemente bella que parecía de una sinceridad abrumadora.

Aunque no tenía ganas de conversación, su educación se impuso y le devolvió el saludo:

-Mariano,…  No ha sido molestia. Pero procure estar atenta a la cola.

-¿Y qué Mariano? ¿Vienes mucho por aquí? Yo soy asidua- rió con su voz cantarina- Se me acaba de terminar el contrato de limpieza que tenía. A ver si tienen algo. lo que sea, lo importante es sacar algunas pelas para subsistir. Me temo que la pintura no me dará nunca dinero ¡Ja, ja! Pero me da igual, Soy pintora ¿sabes?  ¿Y tú Mariano? ¿puedo llamarte Mario? No tienes cara de Mariano, esos ojos tristes, avergonzados,… son muy interesantes. Y bellos, todo hay que decirlo. ¡Qué me lio! ¿A qué vienes a la oficina de empleo? No, no me lo digas. A ver si lo adivino: eres profesor.

Mariano, apabullado por tanta impetuosidad, y sin ningunas ganas de contar su verdadera historia balbuceo:

– Si eso, profesor.

Lo sabía- sonrió satisfecha Aurora- esos ojos son de profesor. Me tienes que dejar que los pinte. Vivo aquí cerca, en una buhardilla. Si pudieras acompañarme cuando terminemos te invito a un café y  hago unos bocetos. Anda, dime que si.

Lo primero que pasó por la cabeza de Mariano fué que ni muerto se dejaría arrastrar al cuchitril ese.

– No creo que pueda…

– No seas así Mario. Te advierto que hago un café buenísimo y ayer hice un bizcocho. Además he quedado con unos amigos y uno de ellos es profesor. Seguro que puede echarte una mano.

Mariano había estudiado literatura hispánica y aunque no había ejercido nunca, recordó su juvenil pasión por los libros, sus pinitos de escritor, su pensamiento de dar algún día clases. Menos mal que pronto se quitó esas tonterías de la cabeza, como bien decía su padre,… los pájaros de la cabeza.

En esos pensamientos estaba cuando Aurora pasó por fin a una mesa, haciéndole un guiño con los ojos. Casi inmediatamente le tocó a él. Le atendió un funcionario aburrido que no le dió muchos ánimos. Altos puestos no había ofertados. Pero revisando su currículum le dijo que siendo licenciado podía ejercer de profesor,  a veces tenían alguna oferta, que si le interesaba le mandaría lo que hubiera y le pidió el domicilio y teléfono. Mariano se quedó blanco y en blanco,… tenía que abandonar su casa, no sabía que datos dar…

En ese momento oyó la voz de Aurora por detrás:

– Se aloja en mi casa, le doy los datos.

Salieron de la oficina. Mariano mudo, Aurora con una amplia sonrisa en la cara charloteaba:

– Me pareció que estabas en un apuro. Mira, yo he pasado por lo mismo y te puedes quedar en mi casa si quieres. Si no yo te envió lo que te manden, cuando encuentres un sitio donde vivir.

Me encantará tenerte en casa, ya verás como pronto encuentras algo Mario. ¿No te importa que te llame así? Tengo que ver esos ojos tristes sonreir, debe ser un magnífico espectáculo.

Sabes, a mi me encanta el cine clásico. Ahora nos tomamos el café y ya verás como ves las cosas distintas,…

Mariano o Mario se dejaba arrastrar, incapaz de rebelarse ante el entusiasmo de Aurora, y se dirigieron a la pequeña buhardilla. Aurora se le colgó del brazo, Mientras empezaba a recitarle sus escenas favoritas de antiguas películas.

Mariano todavía no sabía nada: No sabía que nunca más sería gerente, que daría clases de literatura, que viviría mucho tiempo en una buhardilla, que se presentaría como Mario, que sus ojos sonreirián, que se aficionaría a dibujar escaleras infinitas que se retuercen sobre sí mismas y no van a ninguna parte y a la vez van a todos los lados,…  Y que sería más feliz de lo que había sido nunca en su vida.

Aurora seguía hablando en un derroche de felicidad, como si el encuentro y la posibilidad de ayudarle la llenara de una alegría que le quisiera contagiar.

Quizás ella sí lo sabía ¿Quién sabe? …

 

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